Estimado lector, me llamo Luis Miguel Goitizolo. En esta página presento un artículo inspirado en mi libro La rueda del tiempo - Un estudio sobre la doctrina de los ciclos cósmicos y en intereses similares.


El Misterio del Tiempo
(1a. parte)
 

Entre los grandes misterios del universo, pocos han ejercido tan extraña fascinación sobre la mente del hombre como el del tiempo. Y es que el tiempo no es un enigma cualquiera. Insondable en su esencia más profunda, el tiempo es, por derecho propio, un misterio de misterios.

 

A través de los siglos, este misterio se ha mantenido y ha cautivado a grandes pensadores del mundo: Salomón, Pitágoras, Platón, San Agustín, Newton y Descartes se sintieron, cada cual en sus respectivas épocas, irresistiblemente atraídos por él; y ya en nuestros días, ha quitado el sueño a grandes científicos como Einstein y como su “sucesor”, Stephen Hawking.

 

Pero ya aquí se nos deparan sorpresas. En efecto, parece ser que no fue Einstein el primero, ni tampoco el único, en descubrir que el tiempo es relativo al espacio: ya los antiguos hindúes lo sabían, como lo testimonian algunos de sus textos más sagrados, en especial los Puranas.

 

En cuanto a Hawking, no hace mucho se preguntaba si el tiempo transcurre en forma meramente lineal, tal como lo ha postulado siempre la física clásica, o si lo hace en forma más bien circular, cíclica —como lo han concebido desde siempre las doctrinas orientales tradicionales—.

 

Haríamos bien, entonces, en revisar dos de nuestras nociones más arraigadas: a saber, que ha sido sólo en los dos últimos siglos que se han hecho los más grandes descubrimientos científicos; y, creencia más categórica aún, que los antiguos no tenían el más mínimo conocimiento científico del mundo.

 

Un tercer ejemplo nos ayudará a reforzar este punto. Desde hace algún tiempo, la ciencia ha venido calculando, sobre la base de mediciones radiactivas, la edad de la Tierra en unos 4,500 millones de años desde su formación en el sistema solar. Más recientemente se ha dicho que el análisis de piedras traídas de la Luna revela una cifra aun más precisa, y al parecer definitiva: 4,310 millones de años, pero este es un dato que lamentablemente no he podido verificar, aunque desde luego se ajusta perfectamente al anterior. Pues bien, esta cantidad es casi idéntica a la de 4,320 millones de años que, según los Puranas y ciertos tratados astronómicos hindúes, constituye la duración de lo que los hindúes llaman un “Día de Brahma” (o kalpa) dentro del inmenso ciclo de manifestación universal.

 

Naturalmente, se puede aducir que los hindúes llegaron a esta cifra por mera casualidad o que simplemente la inventaron, como asimismo inventaron todo lo que se refiere a las edades y ciclos cósmicos. Para refutar tales objeciones habría, primero, que averiguar si el conjunto de estas nociones está respaldado por otras escrituras del mundo —es decir, si hay acuerdo entre las escrituras hindúes y los otros libros sagrados del mundo acerca de estos temas— y luego, como prueba accesoria, establecer si son confiables las demás informaciones que dichas escrituras contienen; todo ello con el objeto de otorgarles, al menos en una etapa preliminar, cierta respetabilidad frente a la opinión de los incrédulos más recalcitrantes, aquellos que literalmente se burlan de estas teorías.
 

 

Algunas evidencias acerca del tiempo en las escrituras

Para empezar, ya desde el siglo pasado se han observado notables coincidencias entre la Biblia y ciertos textos de la tradición occidental, por un lado, y algunos libros sagrados orientales, principalmente hindúes, por otro.

Para mencionar la más conocida, la Biblia habla de un Diluvio Universal que sobreviene al final de un período de degradación de la humanidad, y los Puranas y otros textos, tanto orientales como occidentales, hablan de periódicas devastaciones parciales del universo por el agua. (De hecho, el recuerdo de uno o varios “diluvios universales” permanece vivo en las tradiciones de todo el mundo.) Pero, como se verá a continuación, hay muchas otras coincidencias.

Por ejemplo, el libro del Génesis (1:2) refiere cómo, en el principio, «el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»; por su parte, en el Bhagavata Purana (5, 25:l, etc.) se lee que, al comienzo de la creación, Vishnu (Dios) yace sobre el Océano Causal.

 

En el Evangelio de San Juan (Juan, 14:2), Jesús declara: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas»; el Brahma-samhita (5:40), a su vez, dice que el resplandor de Dios, el “brahmajyoti”, contiene innumerables planetas.

En fin, en un pasaje del evangelio “gnóstico” de Tomás (77), dice Jesús: «Yo soy el Todo, todo sale de Mí, y a Mí vuelve.» En el Svetasvatara Upanishad (4:11), otro conocido libro sagrado hindú, se afirma que «Él [Dios] gobierna todas las fuentes de la creación; de Él emana el universo, y a Él retorna finalmente.»

 

Por otra parte —y con esto entramos más en materia—, en el libro del Génesis (3:23 ss) se describe la “caída” y expulsión del hombre del Paraíso, un tema recurrente en las escrituras y tradiciones de todo el mundo y que está estrechamente vinculado a la noción de las edades y ciclos cósmicos. Aunque en forma no tan obvia, también en Juan 14:3, 15, 19, así como en los anuncios del fin de los tiempos, Jesús se estaría refiriendo a ellas; y asimismo Daniel 2:21, 29 ss, 7:1 ss, otros profetas del Antiguo Testamento, el Apocalipsis de San Juan, etc.

 

En fin, algunos autores han señalado concordancias notables en torno a estos temas entre algunas escrituras orientales, como el Tao te ching de Lao Tzu y los Upanishads hindúes, por un lado, y diversos tratados estoicos, herméticos y neoplatónicos por otra.

 

La ciencia moderna, por su parte, ha validado diversos pasajes de la Biblia. Algunos de los ejemplos más conocidos, como la verificación del orden evolutivo en la creación de las especies (peces– aves– bestias), fielmente reflejado en Génesis l:20 ss, y el hecho de que en los últimos diez o doce mil años bien pudo ocurrir un desastre de proporciones tales como para producir un “diluvio universal”, según lo evidencian tanto los anillos de las secoyas de California como los fósiles y cadáveres depositados y conservados en lodo congelado, son apenas unos cuantos de entre ellos. Otros ejemplos incluyen el conocimiento de la forma esférica de la Tierra en Isaías 40:22, donde la palabra hebrea chugh, traducida generalmente por “círculo”, u “orbe”, también puede significar “esfera”; el de que la Tierra flota en el espacio, en Job 26:7; el de una Tierra primitiva envuelta en tinieblas y en un vapor acuoso, en Génesis 2:6; y en fin, el de las etapas mismas de la creación, en Génesis l:3 ss, cuya secuencia —si se considera desde el punto de vista de un observador terrestre, así como que cada “tarde” y su correspondiente “mañana” representan períodos vastísimos— armoniza perfectamente con la que postulan las más modernas teorías cosmológicas.

 

Sin embargo, es entre las escrituras propiamente orientales donde se encuentran ejemplos de información científica que son particularmente impresionantes.

 

El Bhagavata Purana (9, 3:30-34), por ejemplo, narra el viaje del rey Kakudmi a Brahmaloka, el planeta más elevado del universo, gobernado por el poderoso semidiós Brahma, el creador del mundo, para pedirle consejo sobre un buen esposo para su hija Revati. Cuando el rey llega el palacio de Brahma, el dios está oyendo ejecuciones musicales de los Gandharvas, los músicos celestiales, y Kakudmi hace antesala; terminada la ejecución, le expresa su deseo. Brahma se echa a reír: «¡Oh Rey! —le responde—, aquellos a quienes hubieras podido elegir por yernos han fallecido ya; han transcurrido veintisiete chatur-yugas [27 x 4'320,000 años terrestres] y todos ellos han desaparecido, al igual que sus hijos, nietos y demás descendientes.»

 

Ahora bien, aunque la distorsión espacio-temporal ilustrada por esta historia puede deberse a las diferentes velocidades de traslación de los planetas “superiores” e “inferiores” de la tradición hindú, no deja de ser ilustrativa de la famosa paradoja contemplada por la teoría de la relatividad para los viajes interestelares a velocidades cercanas a la de la luz.

 

Pero por apasionante que sea este tema, ciertos requisitos de espacio me impiden continuar aquí. Volveré con más dentro de algunos días.


 

 


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Mensaje del autor

 

 

Estimado amigo,

Desde mis años de juventud me sentí fascinado por la sabiduría oriental y, más particularmente, por las doctrinas hindúes. Sin embargo, no fue sino hasta hace algunos años que inicié la tarea de estudiar la antigua doctrina de los ciclos cósmicos desde diferentes puntos de vista, aunque usando principalmente los textos sagrados más relevantes de todas las partes del mundo. Con el paso del tiempo, sentí el deseo de escribir un libro relacionado con mis estudios en esa materia; son fragmentos de ese libro, que titulé La rueda del tiempo, y otros artículos originales que tratan de temas afines lo que comenzaré a publicar por este medio a partir de la fecha.

Más recientemente, tras desempeñarme durante algunos años como “networker” promoviendo diversos programas, decidí traducir mi libro al inglés, tarea felizmente concluida hace algunos meses. Y durante los pasadas semanas y meses he estado publicando fragmentos de esta traducción, así como otros artículos originales en inglés que también tratan de temas afines, en diversos medios en línea de los Estados Unidos y otros lugares del mundo.


Gracias,

Luis Miguel Goitizolo
Lima - Perú


miguelgoitizolo@gmail.com                                                                                                    

     

 
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